Fuiste pradera desde la madre que te parió. Cuando no significabas aún un proyecto de lugar sagrado, los bisontes europeos pastaban de tus tallos. Hasta hace algún que otro siglo, la osa que un día se encaramó a un madroño, retozaba al abrigo de tu hierba verde, todavía sin cal. Fuiste libre de gentes, hasta que un tal Barroso -presidente por la gracia de Neptuno a la sazón- , allá por el 1961, te puso una comitiva de ingenieros en tus varas de sembradura.
Se te midió el talle. Se te metieron los bajos. Se te tiró a plomada y cemento los huesos que te intentamos romper a salto y grito una cuadrilla de generaciones. ¡Que bote el Manzanares!. Y el Río, botaba con nosotros; como si se hubiera desatado una tormenta de rojo y blanco entre las márgenes del afluente. Como si Neptuno, allá abajo, golpeara su tridente con salvaje pasión sobre el lecho del Río... Eso, fue después de la cuadrilla de ingenieros. (¡Ay, el Ingeniero!). Y de unos millares de bolsillos particulares desprendidos. Nunca serás profeta en tu tierra, Atleti; ni aunque lleves por pertrecho en tu firma todos los símbolos de Madrí.
Permaneciste desnudo entrado ya un 2 de octubre de 1966. Hasta que se te vistió de gala. Un empate a uno con el Valencia, en el por entonces estadio más grande de España. Sesenta y dos mil almas con franjas en los corazones... Mientras ellos iban de pie, nosotros todos sentados. Tiempos, en los que nada ni nadie nos humillaba.
Y allá, por el 71, te acogiste al sacramento de la confirmación: Vicente Calderón, por Manzanares. Al año que le vino el siguiente, un 23 de mayo, te quisieron poner de grana y oro pa que lucieran tus Gradas ante la nación del norte del Plata. De río a Río. Dos a cero... (¡Ay, el Ingeniero!).
Volvieste a ponerte guapo, cuando te tocó el hombro Naranjito. Joder, Cabronazo, que saliste hasta en televisión por medio mundo... ¡Cómo lucían esos marcadores electrónicos!, furor del made in Japan, que habían mandao al inserso a los carteles de quita y pon. De pértiga y aupa. Atleti. ¡Con qué gallardía pusiste tapete para que las huestes francesas, austriacas y norirlandesas dirimieran sus diferencias futboleras con un Tango España de por medio...!
Tú, pimienta y sal de los corazones infartados. Los mismos, y los descendidos de los que juraron cuidarte. Pa lo bueno y pa lo malo. Pa la salud y la enfermedad. Pa la riqueza y la pobreza... ¿Serás al final ese novio de la muerte?... Acudiré a defenderte, Hogar. Te estrecharé con brazo fuerte. Tú memoria, será mi bandera. La bandera de nuestros padres. La que ondearon al cielo de Madrid, de España entera, desde las Gradas en cemento, los carteles de chapa y los palcos de madera. Los que vieron guerrear en tu Pradera a los Rivilla. Los Collar. Los Adelardo. Los Gárate (¡Ay, Ingeniero!). A los Marcel Domingo. A los Max Merkel. A los Antic. A los Lorenzo. A los Irureta. A los Ayala. A los Peiró. A los Aragonés. A los Pereira. A los Leivinha. A los Landáburu. A los Marina. A los Futre. A los Schuster. A los Kiko. A los Simeone. A los Abel. A los Baltazar. A los Torres... Y los del tintero. Movieran la bola, o la voz. Todos esos “sinnombre”, que pusieron Sentimiento y pasión a lo largo y ancho de tus asientos. Que incluso, renunciaron a ellos por alentarte desde un Sur que también existe. Que marca tus latidos de un cuarto de siglo a esta parte.
Casi como dice la canción, ¿adonde irán los huesos?
Te quieren tirar. Tumbar por un puñado de interrogantes. Porque Tú, de pie, hubieras aguantao una Copa de Europa. Eres el más digno de los Estadios.
¡Ay, Ingeniero!... Si supieras lo que quieren hacer con tus planos. Con tu salón de ballet. Con un trozo de nuestros corazones...
Sí, te estrecharé con brazo fuerte. Y tu llama, será mi bandera. Te oigo, alto y claro:
“¡A mí, la Afición!”.
Lo-lorolo-lololo-lo-loro-lo-loró... Nadie en el Campo sabía...
S I E M P R E A T L E T I.-
Cochise.