Recuerdo, aquí y ahora, los comentarios despectivos de algunos forofos azzurros hacia uno de los foristas que siempre ha propugnado que España tiene suficientes mimbres para conseguir cualquier logro y que, en más de una ocasíón, ha sido apeada de los mismos por las prácticas mafiosas de la FIFA en sus ansias por favorecer a los transalpinos (el famoso codazo de Tassotti a Luis Enrique no es más que una anécdota al respecto). Y ayer se volvieon a escenificar esos intentos mafiosos por que Italia jugara con más de once sobre el terreno de juego. La primera parte del "insigne" cabezacuadrada de turno: el árbitro alemán Herbert Fandel (uno de peores y más cobardes árbitros del estamento arbitral mundial que, sin duda, arbitrará, como premio, la gran final) siguió los cánones de la historia más reciente, apabullando y desconcertando a los españoles y midiendo con distinto rasero las faltas de éstos frente a las italianas. La tarjeta amarilla a Villa por un presunto piscinazo, fruto, sin duda, del cansancio en las piernas, es sólo un "detalle" de su tremendo favoritismo a lo largo de todo el encuentro (y particularmente, durante toda la primera parte) si la comparamos con los innumerables piscinazos del marrullero Luca Toni, que pasaron sin sanción alguna.
Si a eso añadimos los despropósitos del seleccionador en los cambios, sacando innecesariamente a Torres del terreno por un Güiza (del que todos adivinamos que iba a ser quien fallara su penalty, en su caso) y no leyendo adecuadamente el momento de los cambios, al sacar, también precipitadamente, a Xavi por Cesc, en lugar de optar por la que podría haber sido una solución lógica al catenaccio italiano: sacar a Xabi Alonso tanto para contener los posibles envites italianos en el centro del campo como para aprovechar su imponente disparo lejano o su posible concurso en los lanzamientos de penalty. Afortunadamente, la disciplina del equipo se sobrepuso a esos puntuales errores ( a los que, por otra parte, ya nos tiene acostumbrados Luis), y hasta el mismísimo "comanche" Sergio Ramos (cuya primera parte fue para olvidar, una vez más) se centró en su misión de marcaje a Toni, junto a Puyol, que también dejó sus "puyoladas" para otra ocasión.
En definitiva, España se sobrepuso a sí misma, a sus habituales errores en defensa (¡esa puñetera manía de jugar con Casillas!), a un más que presentido arbitraje en contra y a un seleccionador que, a pesar de todo, esta vez sí leyó bien el planteamiento táctico del partido. Y, al mando de unos portentosos Silva y Senna (en mi opinión, mucho más "jugadores del partido" que el propio Casillas) demostró que tiene mimbres más que suficientes para doblegar a cualquiera, con sólo un poco de disciplina, amor propio y sangre fría.
¿Qué dirán ahora los agoreros de siempre? ¿Seguirán echando de menos a Raulito? ¿Seguirán pensando que somos inferiores?
Sin embargo, no voy a ser tan inocente de pensar que vamos a ganar la Eurocopa. Por delante tenemos un escollo de dimensiones mucho mayores de lo que ese engañoso 4 a 1 de los octavos puede hacernos pensar. Nos enfrentamos al mejor entrenador del mundo, y Rusia no es ni la sombra de la que se enfrentara a España. Sinceramente, me preocupan muchísimo más Rusia o Turquía que Alemania.
Por cierto: ¿no es una soberana gilipollez la estructura de esta Eurocopa?
En cualquier caso, me siento muy feliz. No sólo por el triunfo merecidísimo del que fue el mejor sobre el terreno de juego sino por la derrota del sempiterno fútbol rácano, marrullero y subvencionado de los italianos, que, por una vez, han pagado con la misma moneda que suelen cobrarse de los demás.
Cuando ayer Cesc marcó su pensalty, me levanté como un resorte de mi asiento para mandar al guano a toda esa racanería, a toda esa carcoma que permanece, partido tras partido, agazapada a la espera de los fallos del rival, parasiteándole hasta su extenuación.
¡Me gusta el fútbol!
